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Cuando interpretamos una obra musical podemos compararnos con un cuentacuentos. Imaginemos que varias personas reciben exactamente el mismo cuento y tienen que narrarlo ante un grupo de niños. El texto será idéntico para todas, pero ninguna contará la historia exactamente de la misma manera.
Cada narrador utilizará sus propias pausas, enfatizará determinadas palabras, modificará el tono de voz y aportará su personalidad a la narración. No estará cambiando la historia ni escribiendo una nueva: simplemente estará ofreciendo su propia versión de ese mismo relato.
Con la música sucede exactamente lo mismo. El compositor nos proporciona el texto —la partitura—, pero somos nosotros, como intérpretes, quienes debemos darle vida. Por eso interpretar no significa simplemente reproducir correctamente las notas escritas, sino construir nuestra propia visión de la obra y contar nuestra propia historia a través de ella.
¿Qué quiero contar con esta obra?
Para desarrollar una interpretación personal primero necesitamos conocer bien la obra. Debemos estudiarla, resolver sus dificultades técnicas y alcanzar un grado suficiente de dominio que nos permita dejar de preocuparnos constantemente por las notas y comenzar a pensar verdaderamente en la música.
A partir de ahí podemos hacernos algunas preguntas:
¿Qué me transmite esta obra? ¿Qué significa para mí? ¿Cuál es su carácter? ¿Qué momentos considero especialmente importantes? ¿Hacia dónde quiero conducir al oyente? ¿Qué quiero transmitir cuando la interpreto?
Responder a estas preguntas nos ayuda a construir un discurso musical coherente. Las decisiones sobre dinámica, tempo, articulación, fraseo o rubato dejan entonces de ser elementos aislados y comienzan a responder a una idea general de la obra. Nuestra interpretación empieza así a adquirir un carácter propio.
Escuchar otras historias
Una excelente manera de desarrollar nuestro criterio consiste en escuchar diferentes pianistas interpretando la misma obra. No deberíamos quedarnos únicamente con una versión. Es mucho más enriquecedor comparar varias interpretaciones y observar qué decisiones toma cada pianista: qué tempo utiliza, dónde realiza un rubato, cómo construye las dinámicas, cómo articula una frase o qué carácter transmite.
El objetivo no es decidir necesariamente quién toca mejor ni copiar una determinada interpretación. Se trata de descubrir cuántas posibilidades pueden existir dentro de una misma partitura y utilizar esas escuchas para reflexionar sobre nuestras propias decisiones. Cuantas más versiones conozcamos, más elementos tendremos para construir nuestra propia visión.
Nuestra personalidad también toca
Cuando interpretamos una obra también estamos mostrando algo de nosotros mismos. Nuestra personalidad, nuestra sensibilidad, las experiencias que hemos vivido e incluso nuestro estado de ánimo pueden influir en nuestra manera de comprender y transmitir la música.
Por eso una interpretación no es únicamente sonora. El pianista también es, en cierta medida, un artista escénico. El gesto, la expresión corporal y nuestra presencia ante el instrumento pueden reforzar aquello que queremos comunicar. Esta idea conecta directamente con lo que trabajamos anteriormente en «El gesto del pianista»: nuestro cuerpo también forma parte de la interpretación y puede contribuir a transmitir el carácter de la música.
Nuestra interpretación cambia con nosotros
Nuestra versión de una obra tampoco tiene por qué ser definitiva. Podemos estudiar una pieza hoy, interpretarla y grabarla y, varios años después, volver a ella y descubrir aspectos que anteriormente habían pasado completamente desapercibidos. Nuestra experiencia musical habrá aumentado, pero también habremos cambiado nosotros.
Quizá descubramos una voz que antes no escuchábamos, comprendamos de otra manera una armonía o encontremos un rubato que aporte un sentido completamente diferente a una frase.
Por eso las interpretaciones también maduran. A medida que acumulamos experiencias y desarrollamos nuestra sensibilidad, nuestra forma de comprender una misma obra puede transformarse.
Una voz propia, pero respetando al compositor
Tener una interpretación personal no significa que podamos hacer cualquier cosa. La partitura y el estilo musical establecen unos límites que debemos respetar. Podemos volver a la comparación con el cuentacuentos: podemos narrar una historia con nuestra propia personalidad, pero si cambiamos los personajes o inventamos otro final, estaremos contando una historia diferente.
El reto consiste, por tanto, en encontrar un equilibrio entre fidelidad y personalidad. Debemos respetar al compositor, comprender el estilo y atender a aquello que aparece escrito en la partitura, pero dentro de esos límites tenemos que encontrar nuestra propia voz. La partitura pertenece al compositor, pero durante los minutos que dura nuestra interpretación, somos nosotros quienes contamos la historia.
Ideas clave
- Interpretar una obra es parecido a narrar una historia escrita por otra persona.
- La partitura es la misma, pero cada intérprete puede ofrecer una versión diferente.
- Antes de buscar una interpretación personal necesitamos conocer y dominar suficientemente la obra.
- Pregúntate qué significa la música para ti y qué quieres transmitir al oyente.
- Escuchar diferentes pianistas ayuda a descubrir distintas posibilidades interpretativas.
- Nuestra personalidad, sensibilidad y experiencias también influyen en nuestra manera de tocar.
- Una interpretación puede cambiar y madurar con el paso de los años.
- Tener una voz propia no significa ignorar la partitura ni el estilo del compositor.
- Debemos encontrar un equilibrio entre respetar al compositor y desarrollar nuestra propia visión.
- La partitura pertenece al compositor, pero cuando la interpretas, la historia la cuentas tú.
